COMÚN

 

IMG_3291.JPG

¡Era tan común! -decía la abuela-. Tenía dos brazos y dos piernas que realizaban un movimiento acorde para desplazarse por el suelo. Una cabeza con dos ojos, una nariz, dos orejas, y una boca que no cesaba de emitir sonidos aberrantes.

Sería eso lo que le permitía no recordarlo -que no es lo mismo que olvidarlo-, y es que los hay por todas partes, tanto así, que es mejor prestar atención al cielo, al sol, a la lluvia, al césped, al fango. Y al conjunto de lo anterior que es la propia naturaleza. Por lo menos en ella no hay maldad, una capacidad, que a decir de la abuela, es típicamente humana y humanoide.

La abuela muy probablemente decía eso para evitar repetir el cliché de “todos son iguales”. Había sin embargo algo que lo atraía a su memoria con frecuencia. Lo sabía porque sus ojos grises brillaban de melancolía.

Ese especímen en particular, bebía como un beodo, fumaba porros y sentía especial interés por los coches de lujo, el tenis y la pornografía, en particular el ménage à trois. Lo que mejor sabía hacer era mentir.

Decía la abuela que él se resistía por todos los medios a dejar que los lazos se rompieran, hasta que su insistencia fue truncada cuando ella le pidió diplomáticamente que dejara de buscarla.

Sin embargo, los recuerdos flotaban en el ambiente todo el tiempo. Estaba claro que la abuela evocaba a menudo esos momentos en los que la seducción estaba a flor de piel.

Reconstruía diversos hechos a base de recuerdos prestados en sus múltiples conversaciones con los libros. Quién diría que ella, una mujer que se había endurecido con los años, en el fondo era también una romántica empedernida.