Y DE LA ROSA SÓLO QUEDÓ EL NOMBRE…

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Acotó con un punto final su nueva obra literaria y quedó sumergida en un profundo éxtasis. El efecto estimulante se replicaría más allá de sus letras.

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Había una especie de embrujo en aquel manuscrito, pues inexplicablemente los lectores experimentaban ese peculiar cosquilleo por todo el cuerpo y un irrefrenable ímpetu sexual que los orillaba a masturbarse antes de que les acometiera un estallido fortuito de placer. Después, casi sin reflexionarlo, obviaban la trama de crímenes y asesinatos, para intentar situarse en lo que acababa de ocurrir o por lo menos, encontrar alguna lógica.

La primer presa de ese sortilegio fue el editor quien tuvo que excusarse con su esposa después de leer el primer capítulo, porque no podía contenerse más. Aquella reacción no podría explicarse ni como el peor acto de perversión en la historia de la literatura. La tomó entre sus brazos y la poseyó salvajemente sobre la mesa, ella accedió sorprendida, no tanto por el acto improvisado, sino porque no reconocía en ese loco amante, a su marido. Las causantes no habían sido las letras, ni el relato, no fueron los personajes, ni el estilo, era el manuscrito en sí que contenía algo, un no sé qué afrodisiaco que flotaba en cada partícula de tinta.

El siguiente varón que sucumbió ante el embrujo del escrito fue su abogado. Hacía años que ella solía mostrarle sus textos pues además de ser un ávido lector, era un crítico que mantenía sus juicios objetivos a pesar de ser su amante, casi desde que se conocieron, hacía por lo menos 6 años. Siempre que empezaba a leer algo suyo se imaginaba que estaba revisando el expediente de algún proceso judicial, por lo que analizaba con minucia cada renglón de lo allí escrito. A diferencia del editor, el abogado fue capaz de contenerse hasta el final de la historia, e inclusive releyó algunos capítulos, pero cuando concluyó ya estaba convulsionando de placer. Fue tan violenta la sacudida que olvidó incluso lo que acababa de leer, pero no se atrevió a retomar la lectura, sino días después, con un resultado escandaloso. Evidentemente, no contó nada de lo ocurrido a la autora, pues no sabía cómo explicar que nunca lo había pasado tan bien, aunque no comprendiera, qué había ocurrido.

El manuscrito pasó a manos del secretario de la editorial, un joven que aún estando habituado a las lujuriosas prácticas del onanismo, percibió que aquella sensación literalmente estaba fuera de sus manos. Sentía un impulso voraz, algo así como un orgasmo permanente y constante, acompañado de un calor abrasante entre las piernas que lo hizo gritar y desnudarse en plena oficina.

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Apenas concluyó el manuscrito, quedó sumergida en un profundo éxtasis. Tal excitación le provocó tremendos orgasmos, como nunca antes los había experimentado. Conforme avanzaba la historia, su cuerpo se convulsionaba, su piel se erizaba y una fuerza interior se derramaba abruptamente entre sus piernas. Así que untó página, tras página con aquel elixir para dejar una huella del profundo poder de seducción que encerraba la novela que acababa de escribir. La trama era sumamente inquietante, pero no más que el proceso de creación, del que sólo quedaría el rastro impregnado en cada hoja.