LA PESADILLA DE MARTÍN

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La ONU pide a España que acabe con las identificaciones raciales

Mientras Martín se pasea por las callejuelas de su barrio, pensaba en cuando era niño. Más bien pensaba en lo que recordaba de cuando era pequeño, evocaba imágenes difusas sobre su infancia, primero allí, después allá, después acullá. Sin embargo los recuerdos más dulces, felices si queremos ser un poco cursis, son los recuerdos en esas mismas callejuelas de su barrio, buscando guijarros que luego arrojarían al río o deambulando por el bosque buscando carnada para pescar con sus amigos del cole.

Ahora Martín acaba de cumplir la mayoría de edad. Como muchos jóvenes de su generación, no está demasiado involucrado en la política, bueno, ni demasiado, ni un poco siquiera. De hecho, en aquel pueblo no hay tantos jóvenes de su misma edad, la mayoría son personas mayores y sus hijos, si los tienen, hace tiempo que han emigrado a la ciudad. Es lo que todo el mundo hace, le decía su madre, quien unos años atrás, llegó allí desde su lejano país de origen para quedarse y formar una familia.

Sabía de oídas que un dictador había nacido allí, aunque no sabía definir exactamente lo que era un dictador. Su madre le decía que era una mala persona, entonces él pensaba que un dictador era una mala persona. Fuera de eso, no existía ninguna motivación, ni siquiera familiar, para involucrarse activamente en alguna causa social. Y tanta era la insistencia de su madre en que buscara trabajo en la ciudad, que al final aceptó. Pero cuando la desgracia se cierne en un lugar, cuesta echarla por donde llegó.

Aquel día se fue con un vecino que accedió llevarlo la ciudad para buscar trabajo. Él lo dejó allí y quedaron de verse cuando terminara su turno en el mismo lugar, para volver a casa. Apenas bajó a los andenes cuando se dio cuenta que había varios policías deteniendo a la gente, aparentemente, “al azar” pero de ninguna manera pensó que él podría ser uno de ellos. Su documentación por favor. ¿Cómo? Que me enseñes tu NIE o tu pasaporte. No llevo nada conmigo señor. Pues entonces tendrás que acompañarnos. ¿A dónde? Vamos a dar un paseo. ¿Y vamos a tardar? Es que el vecino vendrá a buscarme y si no me ve se preocupará. El policía con una risa forzada espetó: ¡Anda, sígueme, será un momento!

El chico no entendía nada. El interrogatorio duró casi dos horas. Cuando los agentes le preguntaron con tanta insistencia sobre su origen él respondía sin pensarlo dos veces “soy de aquí”. Hasta que no le increpó ¡serás capullo! ¿que de dónde eres? Ya no hubo respuesta porque Martín estaba a punto de estallar en llanto. Uno de los oficiales lo cogió del brazo y lo llevó a los separos al lado de cuatro personas más, todos varones. ¿Por qué estamos aquí?, preguntó Martín. Nos van a deportar, le dijo uno que estaba agazapado al fondo de la celda. ¿A dónde? A tu país. Pero si yo soy de aquí, insistía Martín, y se le ahogó la voz.

La policía cotejó la escasa información que ofreció el joven. Corroborar que llevaba trece de sus 19 años residiendo en Galicia -en realidad toda una vida- no les valió para que dejaran a Martín regresar a casa. “Esto debe ser un malentendido”, pensaba.

A su madre le dijeron, un día después de que lo habían detenido, que su hijo tenía que ser deportado porque era mayor de edad, no tenía trabajo y además, no tenía papeles. La mujer no pudo menos que soltarse a llorar.