NO MÁS MINUTOS DE SILENCIO

Tenía 18 años cuando inicié mi aventura periodística de manera formal en un diario del vecino estado de Guanajuato. Digo de manera formal, porque como aficionada ya llevaba unos años escribiendo en pasquines y boletines locales. Cuando aquel día me dijeron que casualmente había renunciado la reportera que cubría la fuente policiaca y que esa era mi oportunidad, no lo pensé dos veces y acepté. Yo sabía que muchos periodistas habían hecho sus pininos en esa fuente e incluso algunos de mis compañeros me dijeron “el que cubre la fuente policiaca, puede con todo”. Hasta llegué a escuchar que la fuente policiaca era como el trampolín de los corresponsales de guerra. Acepté cubrir la fuente, consciente de que me internaba en un ámbito hostil, especialmente con las mujeres, pues se trata de una fuente hipermasculinizada.

Recuerdo esos años porque nunca sentí tanta pasión por contar historias como en aquella época, aunque fueran historias de muerte. La muerte en todas sus facetas: baleados, acuchillados, ahorcados, ahogados, accidentados, apaleados. Reflexionaba constantemente sobre esa nece(si)dad aparente que tienen los medios de comunicación en América Latina por contar la muerte, y acerca de la mejor manera -si es que la había- de narrar la violencia cotidiana, sin dañar a nadie, sin dañarme a mi misma. Más allá de todo el aprendizaje que me dejó esa experiencia iniciática, tuve que “congelar” mi sensibilidad para no caer en el intento.

En aquel entonces, la violencia no era el pan nuestro de cada día, como hoy. En aquel entonces era una tremenda contrariedad que se asesinara a las personas que ejercíamos la labor periodística.

En aquel entonces la voz del pueblo amplificada por nosotras, las personas que trabajábamos en los medios de comunicación, era indispensable para trascender el plano anecdótico y sobre todo, para visibilizar cuán vulnerables somos al vivir en este mundo tan inmensamente injusto.

En alusión al asesinato del periodista de la Jornada en Sinaloa, Javier Valdéz, un compañero también periodista comentó en las redes que Valdéz “era un periodista indispensable en el país, abatido además de las balas, por una sociedad apática”.

Hoy he concluido la lectura de Romper el Silencio, un libro que escupe en cada una de las crónicas que en él aparecen, la vulnerabilidad, la precariedad, el miedo y la impotencia, pero también el valor, la convicción, la humanidad y el compromiso que van unidos a la libreta y el lápiz de los periodistas mexicanos.

Hace unos días, en una charla sobre comunicación alternativa que reunió a periodistas de distintos países del continente americano, una chica comentó “creo que estamos haciendo las cosas bien, porque hemos sido amenazados varias veces”. Algo me hizo replicar a su frase diciendo: “en México matan a los periodistas, y creo que ése es el peor indicador de que algo está fallando.”

Por ello me resisto, me resisto a convencerme de que el crimen seguirá estando mejor organizado que las personas que vivimos de, desde y para el periodismo o que la sociedad civil en general. No sé cómo, ni con qué pretexto, pero esto tiene que parar. No más minutos de silencio. Necesitamos denunciar, gritar, exigir, por todos los medios posibles un freno a tanta impunidad.

Periodistas asesinados (datos hasta octubre de 2017) según datos de articulo19.org

Cecilio Pineda (Guerrero) La Voz de Tierra Caliente

Ricardo Monlui Cabrera (Veracruz) El Político/El Sol de Córdoba

Miroslava Breach (Chihuahua) La Jornada

Maximino Rodríguez Palacios (BCS) Colectivo Pericú

Filiberto Álvarez (Morelos) emisora La señal de Jojutla

Javier Valdez (Sinaloa) Río Doce/La Jornada

Jonathan Rodríguez (Jalisco) El Costeño

Salvador Adame (Michoacán) 6TV Nueva Italia

Luciano Rivera (Baja California) Revista Dictamen

Cándido Ríos (Veracruz)

Edgar Esqueda (San Luis Potosí) Metrópoli y Vox Populi

 

El artículo aparece publicado en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=226782