MONÓLOGO

Les comparto éste divertido ejercicio literario. Espero que les guste:

la-aceituna-de-mesa-y-sus-variantes-mas-sorprendentes

Nadie me dijo que las aceitunas tenían hueso. Con el hambre que tenía le di tremendo mordisco que casi me quedo sin un diente. Desde entonces las aborrezco. Una no tiene rayos equis y podría morir por comer ese tipo de alimentos. Yo directamente los prohibiría. Y ya que hablamos de prohibiciones, mi mamá acaba de decirme que ni se me ocurra teñirme el cabello, ni de naranja, ni de morado, ni de rosa, ni de ningún otro color del arcoiris. Dirán que es una tontería, pero estoy esperando a que llueva y salga el arcoiris para comprobar qué colores están fuera de la lista, a ver si alguno de esos va con mi cabello. El arcoiris, ¡vaya invento más fabuloso de la naturaleza! Yo creo que no hay nadie en este mundo que no haya pensado que son mágicos. En más de una ocasión intentamos junto con mi hermano buscar la famosa olla con oro al final de arcoiris. ¡Cosas de niños, ya saben! Nunca me había llamado la atención el oro, tanto como en esos años de infancia. Aunque ahora con la crisis, mi mamá repite todo el tiempo que se arrepiente de haber vendido las pocas joyas de oro que le había regalado la abuela por menos de la mitad de su valor. Lo que más le pesa, es que el dinero de la venta se esfumó en menos de lo que canta un gallo. Un gallo, sí, como los gallos de pelea del primo Julio. Cuando terminó la universidad le dio por dedicarse al negocio de las apuestas, mientras encontraba trabajo de lo suyo, y como su tío hacía años que organizaba peleas de gallos en el palenque, pues se arriesgó. Él decía que a veces le iba muy bien, otras veces perdía mucho dinero. La verdad es que eso de las apuestas es un mundo muy estresante. Del estrés habla todo el mundo, como si fuera una epidemia. Incluso mis amigas de la secundaria. Pensaba que era una enfermedad de los adultos, hasta que Isa me dijo que su madre la había llevado con el médico porque al parecer tenía muchos problemas de estrés. Le pregunté que cómo sabía eso y me respondió que el médico les había explicado que el estrés era una enfermedad multicolor, así como el arcoiris del que les hablaba al principio, sólo que en este caso, cada color es como un síntoma diferente. A veces le salían manchas blancas en la piel, o bien, se le ponían las manos heladas, y luego, lo más duro era cuando le dolía tanto la tripa, que no podía ni siquiera ir a clases. La mamá de Isa estaba segura que su estrés tenía que ver con los deberes que ponía la profesora de mates. Yo creo que a la mamá de Isa no le gustaban las matemáticas, por eso se inventaba esas cosas. Pobre Isa, me da un poco de pena. No entiendo por qué la gente le tiene manía a las matemáticas. En realidad a mi siempre me han gustado, sobre todo cuando se trata de repartir las tartas que hace la abuela entre todos los primos, y además quedarme con el trozo más grande, sin que parezca que he hecho trampa. Las tartas de la abuela me vuelven loca, especialmente la de zanahoria. Le queda super esponjosa y no raspa cuando te la tragas, a diferencia de las tartas de mi tía (por favor, no le cuenten esto a mi tía), pues le salen muy resecas por lo que las tiene que remojar con una miel que ella misma prepara, y el resultado no es nada apetecible. Ya sé que eso de hacer tartas es todo un arte, para eso también sirven las matemáticas. Con sólo poner un poco de más o un poco de menos, la tarta ya no queda igual. Eso mi abuela lo sabe muy bien. Aunque la abuela María no entiende mucho de mates, ella dice que las recetas venían en su sangre, por eso todo le sale tan rico. También dice que cuando se muera quiere ser la encargada de hacer los postres a los que están en el infierno, porque al cielo ella no quiere ir para no aburrirse. ¡Vaya cosas que se le ocurren a mi abuela! Pero eso sólo me lo cuenta a mi, porque todas mis tías se escandalizan con sus bromas. Eso sí, hay de bromas a bromas como las que le gastan cada dos por tres al prefecto de la escuela. Pobre hombre, sólo intenta hacer bien su trabajo. La última vez fue la semana pasada, cuando le avisaron que había alguien encerrado en los baños y al quien encerraron fue a él. Hasta que la directora mandó por la llave para dejarle salir después de casi dos horas. Con la peste que hay allí dentro. Cuando salió no tenía ni ganas de reñir a nadie, pero escuché cuando le dijo a la directora que necesitaba urgentemente unas vacaciones para descansar. Hablando de vacaciones, a mi también me gustaría irme de viaje, pero no a los típicos lugares a los que va todo el mundo. La mayoría de mis compañeros de clase dice que van a la playa de vacaciones. Nosotros nunca viajamos por exceso de dinero, pero cuando ahorre lo suficiente, visitaré todos esos lugares que aparecen en las revistas de geografía o en los documentales de la tele. Siento curiosidad por descubrir otros sabores, ver toda clase de animales, visitar ríos y lagos y montañas y por supuesto conocer la nieve. ¿A quién no le gusta la nieve? Yo sólo la conozco por las postales que envían nuestros familiares desde Canadá. Y bueno, también la he visto por la televisión o las revistas, pero de momento, el lugar más parecido a los sitios con nieve que he visitado ha sido la pista de patinaje. Lo digo así porque todo el mundo que entra va super abrigado y hasta con bufandas porque allí baja mucho la temperatura. Si la gente no va a patinar deben arroparse para no pescar un resfriado. De eso puede hablarles mejor mi hermano que se enferma por cualquier cosa. El otro día se quejó porque el olor a comida de los puestos del mercado le había provocado náuseas. A mi en cambio, el olor a fritangas, mezclado con el aroma del pan recién horneado, el aroma dulzón de las frutas, de las flores en contraste con el olor a queso fresco, a la carne o a pescado, me vuelve loca. Pero loca en sentido figurado. No como la señora del parque. ¡La pobre! Desde que éramos más pequeños los niños de mi calle le tenían miedo porque siempre habla sola y grita como si estuviera enojada todo el tiempo. A mi no me gustaba que le arrojaran cosas, porque ella nunca se metía con nadie, sólo se asustaba pero seguía murmurando frases que ninguno entendíamos muy bien. Los niños decían que estaba poseída, como la famosa niña del exorcista, pero mamá decía que esa mujer sufría alguna enfermedad mental. La mente de las personas es algo muy complejo, díganme si me equivoco. Si no, cómo es posible que de algo tan pequeño como la mente hayan salido todos esos inventos increíbles, y todas las palabras para llenar tantos y tantos libros. Cómo es posible que en una mente como la tuya o la mía quepan todas las fantasías y los sueños del universo. El universo es como una mente infinita. Si nos sentáramos para intentar contar las estrellas que hay en el universo yo creo que necesitaríamos muchas vidas. Y además una vista muy potente, porque no es muy fácil distinguir tantas estrellas desde donde estamos. En la escuela nos decían que si observamos un objeto centellante es un estrella, pero si no titila, es un planeta, aunque muchas veces confundimos las luces centellantes de los aviones con estrellas. Imaginen cómo de potentes deben ser las luces de los aviones para que podamos verlas desde tan lejos. El otro día vi una película donde un joven aprendió a fabricar aviones leyendo manuales y libros de aeronáutica o ingeniería o ambos, y fue tanto su empeño que consiguió construir los primeros aviones con los que su país combatió en la guerra. Fue la guerra la que lo separó de la niña que le gustaba, y su mayor deseo desde entonces había sido poder volar al país a donde ella tuvo que huir con su familia. Pero aunque aprendió a construir aviones, nunca pudo encontrar al amor de su vida. Siempre que escucho hablar de la guerra se me pone la piel chinita. No sólo porque siempre muere gente inocente, sino porque las personas nunca están tranquilas y las familias sufren demasiado. He escuchado a los mayores decir que la guerra es algo normal en el mundo, pero yo creo que es una mentira, y la gente deberíamos hacer algo para pensar de otra manera, pero también para que se terminen las guerras. Hablar de estas cosas horribles me pone triste, así que es mejor que me despida. El olor a comida me ha abierto el apetito, y mi madre hace diez minutos que me llama para que me siente a la mesa a comer. Así que por ahora me despido, pero cuando quieras podemos volver a dialogar.

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