ESO ERA ANTES

Se les veía deambulando por todas partes. Se especulaba que aquellas gentes procedían de un lugar al norte de la geografía, pero nadie sabía exactamente qué buscaban en nuestros territorios, aunque los medios de comunicación no dejaban de repetir que el fenómeno obedecía a “causas estructurales”. De un tiempo a la fecha, arribaban en oleadas hasta dos veces por semana, de cinco en cinco o de diez en diez. Unos migraban porque era la mejor forma para evadir impuestos, aunque a la larga, afectaran a todos los sectores de la economía internacional. Otros huían de las autoridades, porque habían estafado al erario público de manera sistemática, y vivir en un estado de estrés constante podía orillarlos al suicidio, por ello, muchos veían como única salvación marcharse con todo lo que habían robado. Había también casos de gente que dirigía grandes corporativos y que habían sido desplazados por los campesinos empeñados en recuperar a toda costa sus campos envenenados y el agua contaminada de sus ríos. Otros, los menos, eran seres itinerantes que buscaban conocer nuevos horizontes, abrir su mente a experiencias distintas o por lo menos, desconectar de la irremediable realidad porque lo de ser agentes transformadores del entorno ya no estaba de moda.

-¡Documento por favor!

-Yo soy american

-¡Necesitamos verificar su pasaporte!

-¡Oukei, aquí está!- dijo, lanzando despectivamente el documento en el mostrador.

El agente de migración se mantuvo inmutable con la mirada puesta en los ojos de aquel pasajero con aires de superioridad.

-No tiene visado como lo sospechaba. Muéstreme sus comprobantes de ingresos -ordenó el agente.

-In english, please? -esquivó el hombre.

-¿Dónde va a quedarse? ¿Tiene reserva de hotel? ¿O trae carta de invitación?

-What a fuck? Do you know who am I?- espetó el hombre alzando la voz con soberbia.

-Si no tiene comprobantes de ingresos, ni reserva para su estancia o carta de invitación, y tampoco habla el idioma, tendrá que acompañarme -continuó el agente con un gesto ecuánime.

-Perou… porr favour, please! Me no entender!

Dos agentes lo custodiaron hasta la comandancia instalada en el aeropuerto. La actitud altanera se transformó de inmediato en miedo, un miedo tan evidente, que el agente dibujó una sonrisa socarrona cuando se percató del tardío cambio de actitud en su interlocutor.

Tras dos horas de interrogatorio, las autoridades del aeropuerto decidieron trasladar a aquel pasajero al Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE’s), desde donde sería deportado en cuanto alcanzaran la cuota fijada por el Ministerio. El interrogatorio no había sido gratuito, pues además de no entregar la documentación requerida, aquel hombre insistía en que su estancia no se prolongaría más de dos semanas, sin embargo, no llevaba un billete de ida y vuelta, como es el requerimiento legal, además de que su equipaje excedía al de una persona que sólo viaja por una estancia vacacional o de negocios.

Mientras tanto, no se le permitió llamar por teléfono, hasta pasada la medianoche. Apenas le ofrecieron un poco de agua y un pedazo de pan con una rebanada de jamón que dejó intactos. Le dijeron que si no comía, tendría que esperar a que los trasladaran, pues allí en el Centro de Internamiento de Extranjeros sí tenían una cocina “en condiciones”. Los otros que estaban en la celda parecían sumamente inquietos y desconcertados porque en cualquier parte con el simple hecho de su aspecto físico se les abrían las puertas. Pero eso era antes.

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