COLAS

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Filas en los cajeros de uno de los bancos de Brasil

Se ven en los aeropuertos, en las oficinas, en los bancos, en el supermercado, hasta en las bibliotecas y hospitales. Las colas se popularizaron con la crisis, pues en todos lados se hablaba de la famosa “fila del paro”. Desconozco el origen, pero seguramente son una estrategia de organización muy antigua, tanto, que los esclavos ya hacían cola para recibir su dotación de alimento o de azotes. Alterar la formación era causa de castigos peores.

Imaginen una cola de madres a punto de parir, de personas condenadas a muerte (que aún las hay en muchas partes del mundo) o de cortejos fúnebres en espera del entierro o la cremación de sus seres queridos.

Sin embargo, asumir con resignación el tener que hacer una cola en filas kilométricas, e invertir un tiempo considerable de tu vida esperando un turno para algo, eso sí que no lo puedo entender. Así me ocurrió en Brasil. Apenas pisar el suelo de aquel país ya tuve que hacer cola en aduana durante una hora. Como si no hubiera tenido bastante con las 12 horas de vuelo para llegar allí. Lo increíble era que había tres mostradores vacíos, y todos los extranjeros estábamos en una sola fila, mientras que el resto de los funcionarios mataban el tiempo en sus ordenadores. A mis amigos que me esperaban ya en el aeropuerto no les sorprendió la anécdota. Luego vendrían las filas en los cajeros automáticos o en las ventanillas del banco.

Lo increíble del asunto no era el tener que hacer la cola, sino que tardaban una eternidad y a la gente parecía no preocuparle que se le fuera la vida en ello. Ni qué decir de las filas en los supermercados, tanto así, que apenas llegar, uno de nosotros se formaba en la cola mientras los otros iban a hacer la compra. Aún así, la compra estaba en el carrito mucho antes de que la fila avanzara apenas un poco.

Y el colmo de las filas llegó cuando subimos al Cristo Corcovado, pues la fila alcanzaba un tercio de la montaña, sin exagerar. Como el funicular que conduce hasta la entrada estaba también saturado, optamos por ir en taxi. Era eso o ya nos podíamos olvidar de la visita. El taxista sin pena ni gloria nos dijo a mitad de camino que ya podíamos bajar, porque él no podía llegar hasta la entrada. Después tuvimos que caminar bastante hasta alcanzar nuestro objetivo. A ello debemos sumar el calor sofocante de un verano carioca y los insectos oriundos de aquel monte. Esperamos un par de horas para poder entrar y cuando vimos que había fila también para acercarse a la famosa escultura, desistimos de nuestros buenos modales y nos colamos por las malas, como estaba haciendo mucha gente. Huimos de allí en cuanto pudimos librarnos de la multitud porque hasta para salir había que formarse.

¿Acaso los brasileños padecían de una peculiar filia a las colas o fue sólo mi impresión? ¿Ustedes qué opinan, es una cuestión cultural, o es la manifestación de un problema más complejo? Hace ya cinco años de aquella visita, tal vez ahora las cosas han cambiado. Para los curiosos dejo este enlace que habla precisamente sobre la actitud de espera de los brasileños.

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