DELICATESSEN

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En mis tiempos de infancia, la habitación que ocupaba en aquella casa, que perteneció a los abuelos de mis abuelos, era contigua a uno de los baños, así que escuchar el ruido de las descargas y esa especie de martilleo en las cañerías, se había convertido en algo habitual. Imaginaba que esa red de tuberías, además de llevar el agua, también podía ser un medio de comunicación excelente, pues debía conectar a todas las casas del mundo. Yo me encerraba todos los días en el baño, mientras el resto de los habitantes de aquella casa hacía la siesta. Era la única manera en que nadie notara mi ausencia sin que empezaran a buscarme. Durante casi una hora aguardaba sentado a un lado del desagüe, convencido de que en algún momento alguien respondería a mis mensajes. Había visto en la televisión que las personas se comunicaban a través de las cañerías del baño con seres de otras dimensiones, o con otros humanos que vivían a miles de kilómetros de distancia, aunque estuve a punto de pensar que aquello era una farsa, pues hace tiempo de eso y nadie se ha dignado responder, ni siquiera un saludo. Tal vez sea yo quien no ha sido capaz de descifrar las respuestas.

Después caí en la cuenta de que tal vez mis mensajes debían durar un poco más, pues si las personas estaban tan lejos, era probable que mis frases se diluyeran en esa larga distancia que tenían que recorrer antes de llegar a su destino. Incluso llegué a suponer, que la o las personas que estaban al otro lado de la cañería, estarían también tomando la siesta, o quizás estarían ocupadas en otros menesteres, por lo que debía cambiar la estrategia, antes de decidirme a tirar la toalla por completo. Por eso empecé a hacer dos turnos, uno a la hora de la siesta, y otro cuando todos ya se habían ido a dormir. Inventé además un código para descifrar esos extraños martilleos de las tuberías, pues era probable que los destinatarios de mis mensajes emplearan un lenguaje diferente al mío, pero sólo fui capaz de traducir frases inconexas y sin sentido.

Hace ya unos años que vivo solo, en un pequeño apartamento con un sistema de desagüe mucho más moderno y discreto. Además, las comunicaciones han evolucionado vertiginosamente. La gente recurre a la teléfonos inteligentes en todo momento y para todo tipo de soluciones. Pero yo mantengo el ritual de esperar cerca del desagüe a que alguien conteste a mis llamados. Más de alguna vez creí distinguir una frase débil, lejana, e instintivamente soltaba un “¿puedes repetir, que no te he entendido?” o un “te escucho, dime quién eres”, pero mi voz, siguiendo el ritual, se rompía en un vacío descepcionante.

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