Huelga

memoria.jpgRetiré la tapa de una Bic. Una de las cinco o siete que mantengo a mi alcance dentro una caja transparente. De la noche a la mañana se fueron acumulando bolígrafos o plumas, como las llamamos en México, pues en las conferencias, seminarios y cursos, siempre obsequiaban alguna. Son baratas, y es un recurso, junto al “coffee brake” que permite a los organizadores de estos eventos, justificar ciertos gastos. Ésta era una clásica pluma azul, aunque también tengo con tinta negra. Me apresuré a escribir antes de que se esfumara la idea que me hizo despertarme con urgencia, pero la tinta no salía, es decir, mi pluma azul no escribía. Hice un par de pruebas más sin éxito, intentando no hacer demasiada fuerza para no romper el papel. Tenía que guardar la calma mientras repetía en mi mente la frase para no olvidarla, al tiempo que abría otra de las plumas de la caja. No hubo manera de hacerla escribir. Así ocurrió de manera sucesiva, una, tras otra, azules y negras. Probé con las plumas extra que guardo en mi bolso y en mi mochila, pues una periodista nunca debe salir sin sus herramientas. Debo admitir que me sentí estafada, pues en ese preciso momento, descubrí cómo aquella publicidad con que nos bombardearon desde la infancia diciéndonos que “Bic, no sabe fallar”, era en realidad una patraña. En la caja también guardaba un lápiz que casi nunca utilizaba, excepto para recogerme el cabello. ¡Éste nunca me fallaría!, exclamé. Sin embargo, el grafito, sospechosamente frágil, se rompía cuando comenzaba a esbozar alguna letra. “Tiene que ser una broma”, me dije, casi al borde de los nervios. No tenía, más bolígrafos a mano, ni lápices, por lo que el plan B era empezar a escribir en la computadora. Yo continuaba repitiendo de memoria la frase, pero con tanto inconveniente, tuve una repentina laguna mental. La computadora tardaba demasiado en encenderse, algo que no era habitual. El asunto empezaba a preocuparme. Recordé entonces que en medio de mi diario tengo un bolígrafo especial, de colección. Desde que lo vi me enamoré de él por su profundo azul índigo con toques dorados, y está conmigo desde hace casi 20 años. Casi me tiro de los cabellos cuando después de varios trucos para accionar el mecanismo de mi bolígrafo preferido, tampoco conseguí escribir algo, pero habría sido injusto desquitar la ira que sentía, con mi bolígrafo favorito. Además, tanto estrés me hizo olvidar la frase que fue la causa de este caos, olvidé el cuento que escribiría inspirada en esa frase, olvidé todo lo que tenía que hacer aquella mañana. Mientras tanto, la computadora ya había terminado de cargarse. Cuando parecía que la tecnología estaría de mi lado, me desepcioné al darme cuenta de que ninguno de los tres procesadores de texto que tengo instalados, me obedecía. Si presionaba una tecla, escribía otra distinta, de manera que aparecían frases inconexas, sin sentido. Fue entonces cuando empecé a tener certeza de que algo iba mal. Abrí la página del buscador en internet, y no hizo falta escribir nada, porque a primera vista saltaba un mensaje que ocupaba casi la mitad de la pantalla: “Porque sin letras no hay memoria, HUELGA INDEFINIDA DE LA ESCRITURA”. Al pie, estaba el pliego petitorio con cinco puntos, ni más ni menos, donde el autodenominado Sindicato de la Memoria reivindicaba lo siguiente:

  1. Exigimos un trato digno, pues desde hace siglos, existimos y gracias a nosotras hay historia.
  2. Estamos cansadas de que se nos utilice como bandera de destrucción en sus denominadas ideologías y discursos depredadores.
  3. Pensamos que la tecnología ayudaría a perfeccionar su lenguaje, pero es evidente que se recurre a ella para difundir sandeces y calumnias a la misma velocidad de sus mentes irreflexivas.
  4. Nos han utilizado durante siglos para discriminar, excluir y vulnerar a personas, comunidades y pueblos en todo el mundo, de manera sistemática.
  5. Pensamos que la necesidad de una memoria colectiva, les hará reflexionar sobre el uso cotidiano y racional que pueden hacer, de ahora en adelante, de nosotras.