SOBREMURIENDO (2ª Parte)

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I

Mientras tejía su larga cabellera blanca, Sabina recordaba cuando era pequeña y su padre siempre le decía: “no lo olvides nunca hija, esto es todo lo que somos, somos tierra, de ella venimos, por ella estamos vivos” y señalaba con sus manos agrietadas los verdes campos. “Esta tierra perteneció a nuestros ancestros, y así seguirá siendo, tienes que esforzarte para que así sea”. Y pensar que esos gringos se habían salido con la suya. Primero comenzaron con eso de los cultivos transgénicos y fueron contaminando las parcelas fértiles de los alrededores y acaparando espacio. Después el cambio de uso de suelo y la sobre explotación erosionó en un abrir y cerrar de ojos las tierras que quedaron para la agricultura. Eso y que la gente se vendió fácil. Pero es que el hambre es canija. Sólo los que habían crecido allí como Sabina, sabían el verdadero valor de la tierra y ese era el único motivo de su lucha. También por esa razón, Sabina seguía recibiendo amenazas, pero estaba decidida a dejarse la vida si era necesario para salvar las semillas originarias, para salvar su tierra, la tierra de sus abuelos y la tierra que quería para sus nietos. Con todo ello, en la figura de Sabina había esperanza. Llevaban años organizándose. Su resistencia había trascendido las fronteras, incluso había conseguido consolidar un grupo de personas que se dedicaban a la sensibilización del campesinado en lo referente al cuidado y la protección de la tierra, rechazando por completo todo lo referente a los cultivos transgénicos. Bajo el lema “Sin maíz no hay país”, Sabina organizó una especie de banco de semillas, y de todo ese trabajo se constituyó una extensa red de campesinas y campesinos en todo el país para la protección de los cultivos originarios. El comunicado que redactaron para la asamblea nacional decía así:

“Por cuarta vez los pueblos a la orilla del agua y las hijas de la tierra mantenemos el llamado a la solidaridad. La grave sequía que azota nuestro municipio ha menguado la lucha campesina. Muchas de nuestras hermanas y hermanos han optado por vender sus tierras a los capitalistas, así que sólo nos queda resistir. No estamos solas, pero debemos estar prevenidas, pues la historia nos ha enseñado que el dinero ha podido más que nuestras fuerzas. Esta historia no debe repetirse. Nunca más. ¡Tierra y libertad!¡El pueblo unido, jamás será vencido!”

II

-¡Si salgo de aquí será con los pies por delante!- Atajó con rabia Tita Francisca cuando sus nietas insistieron por enésima vez en las ventajas de mudarse a la gran ciudad. Sabía que era una decisión difícil, pero estaba segura de que si cedía a la presión de sus nietas, moriría de tristeza y honestamente nadie cuidaría de su terruño mejor que ella. Por supuesto vender no era una opción, pues era como rendirse a la presión de las mineras y traicionar sus raíces.

Las tragedias acontecieron una tras otra. Primero la tala clandestina había erosionado los cerros. Después el alud de lodo que sorprendió a propios y extraños, sepultando varias casas del pueblo y dejando a muchos vecinos desposeídos de todo, porque de las autoridades no supieron prever lo que podría ocurrir. Las indemnizaciones no llegaron nunca, y la reforestación va a paso de tortuga. El colmo de estos males ha sido la llegada del nuevo presidente municipal que readmitió, después de 50 años, a las mineras, condenándonos a la ruina, todo ello sin consulta, ni información sobre el riesgo que corre la reserva aledaña (donde se ubica la vivienda de Francisca) y que está reconocida como zona protegida por las leyes federales de medio ambiente.

Tita Francisca sabía que con el huerto y su pequeño corral tenía más que suficiente para su sustento. También sabía que la tierra agradecía sus cuidados de tantos años. En realidad lo único que le preocupaba era el acoso constante de los funcionarios que habían aparecido en varias ocasiones en representación de las mineras, intentando persuadirla de firmar documentos que no comprendía, aunque su intuición le advertía siempre que los rechazara. Y la preocupación no era para menos, porque si podía reunir el coraje para echarlos de su casa, al final volvían, y cada vez eran más agresivos.

Los perros reconocían el olor de los acosadores a distancia, y le advertían a Tita Francisca para que se armara con lo que fuera, pero sobre todo con paciencia. La última vez le habían advertido claramente que el cauce del río sería entubado para “mejorar la distribución”, lo que implicaba que ya no tendría acceso al vital líquido, porque llevar el agua hasta su vivienda representaba más gastos. Esa gente iba por todas las de ganar.

Por ello Tita Francisca decidió pedir apoyo a las mujeres de los pueblos vecinos, que eran de su mismo origen indígena, pero que estaban mejor organizadas que las de su pueblo. Por ellas supo que los vecinos que habían accedido a firmar los documentos para conceder el poder de usufructo de las tierras, pero también del agua, a pesar de ser un bien público, y el más preciado de la zona, pues a los caudales de los ríos se debía ese hermoso paisaje que la había rodeado desde pequeña.

III

María y Jacinto debatían en las asambleas las comisiones que se formarían para empezar a trabajar los turnos de vigilancia. -¡Si los de Cherán pudieron, nosotros podremos!-, se decían para motivarse. “Ellos tienen las armas, nosotros tenemos el poder”, gritaban al concluir las reuniones, cada vez más periódicas. Pero María, más que alerta, estaba intranquila. Jacinto no estaba mejor, porque ambos habían sufrido en carne propia los golpes y la tortura durante su detención que duró casi dos semanas. A veces pensaban que ya no tenían nada más que perder, pero cuando se acordaban de sus hijos, parían todas las inseguridades juntas. Su estado de ánimo, como el de los compañeros era un sube y baja constante. Un aletargado proceso judicial plagado de irregularidades había dado como resultado una orden judicial que suspendía momentáneamente las obras, y aún así ninguna autoridad supervisaba la entrada o salida de maquinaria. La barrera humana no aguantaría la carga de aquel ejército de fierros. Era como “ponerse con Sansón a las patadas”. Por todos lados llovían noticias de personas defensoras del territorio y defensoras de derechos humanos que habían sido asesinadas o desaparecidas por representar una amenaza para el poder. También les llegaban las noticias de comunidades enteras desplazadas, superficies arrasadas, ríos y lagos envenenados y otras muchas versiones de la muerte en vida. Los medios de comunicación no oficialistas y algunos medios internacionales, seguían cada vez más de cerca éste y otros casos en toda la geografía. Porque lo que allí ocurría se replicaba con algunas particularidades en todo el mundo. La sostenibilidad de la vida pendía de un hilo. La agresión a la tierra, la invasión de los territorios originarios y la pauperización de la labranza y el campesinado, eran una constante en medio del capitalismo más salvaje de la historia de la humanidad.

SOBREMURIENDO (Preámbulo)

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