28 años y 52 días

Captura de pantalla 2019-04-12 a las 23.45.21.pngLa calle que atraviesa mi barrio es larga, pero estrecha. Allí la circulación, según marca la normativa, no rebasa los 30 km por hora, de manera que yo conducía tranquilamente, rumbo a mi trabajo, como hacía cada mañana.

La fila de coches avanzaba lenta, así que ella aprovechó la oportunidad para subir al auto. Era pequeña, tal vez tendría 6 u 8 años. La verdad nunca se me dio bien calcular las edades.

Abrió la portezuela y se sentó a mi lado en el coche. Acto seguido se colocó el cinturón de seguridad. Todo de forma rápida pero ordenada. Yo la observaba con los ojos como platos sin poder articular la pregunta que cualquiera hubiese hecho: ¿pero tu qué haces?

Su mirada era muy dulce, igual que su voz, con la que me indicó muy cortésmente:

—Mi escuela está a unas cuantas calles, pero no quiero caminar, ¿podrías llevarme?— y remató la frase con una sonrisa angelical.

¿Cómo te niegas a eso? —pensé—. Y ya que suelo ir siempre holgada de tiempo para tomar el café de la mañana, accedí a su petición impuesta, sin objeciones. Sólo continué la marcha del auto.

—¿Y tus padres?

—Hemos llegado, mira ¿la ves? —y señalaba con el dedo un edificio alto, un par de calles adelante— ¿Tu podrías traerme todos los días?

—Me gustaría saber qué piensan tus padres— insistí.

—Has visto cómo llueve, y hace frío — me dijo mirando a través de la ventana.

Creo que se estaba convenciendo a ella misma de que su actuar había sido el más acertado. Yo seguía sin comprender cómo una niña aparentemente pequeña, tenía tanta cara dura.

—Es aquí. Allí está Cony, ¿ella podría venir con nosotras alguna vez?

—Ya hablaremos de eso —me sorprendió mi propia respuesta. ¿Qué diablos estaba yo pensando?

—Eres una buena persona. Hasta mañana.

Y mientras movía su mano para despedirse saltó del coche para ir al encuentro de su amiga. He estado toda la mañana pensando en lo ocurrido y no sé qué hacer. Debería hablar con los padres de aquella infiltrada, amiga de Cony, de quien no sé nada, ni su nombre, excepto que ha hecho que mi mañanas dejen de ser tan rutinarias como los últimos 28 años y 52 días.

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