Re-conociendo mi antiyó

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Cuando se acercó para decirme que esa no era la Mayté que ella conocía, su semblante estaba rígido, casi a punto de quebrarse.

Es verdad, no siempre somos la Mayté, el Ernesto, la Gabriela, el José, la Catalina, el Pedro, la Josefina… que el resto conoce.

¿Será el antiyó tan ignorado, o tan temido que siempre camina a nuestra sombra? ¿Cómo saber si quien actuaba en aquel momento era él o simplemente una versión menos conocida de mi misma?

Quien haya dicho de las personas que «somos la suma de todas las otras que nosotras somos», tampoco se equivocaba.

Pero en esta circunstancia, el antiyó no suma. El antiyó nos anula. Nos deja en el origen o peor dicho, nos arrastra a él. Lo mismo que ocurre con el uno y el menos uno, y así sucesivamente. Esa es la gran diferencia.

El antiyó emerge, por ejemplo, en momentos en que una decisión es cuestión de vida o muerte, intentando ofuscar nuestra presunta lucidez y retrayendo a toda costa la voluntad cuando esta asoma.

La ciencia se define al antiyó como el responsable de la degeneración paraneoplásica cerebelosa compuesta de una serie de anticuerpos antineuronales. A simple vista, esto parece más un asunto para los filósofos o para los Expedientes X.

Al antiyó no se le puede distraer o engañar. Simplemente aparece y actúa, con total premeditación, alevosía, pero no ventaja, ya que esta depende del poder de decisión que solo el yo posee.

Hasta aquí lo dejo. Con tanta tensión entre el yo y el antiyó, queda la duda de que exista la posibilidad de una amistad.

Y tu ¿en qué momentos has re-conocido tu antiyó?

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