Con acento argentino

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Pensaban que tenía un don especial porque era capaz de repetir las palabras que pronunciaban las otras personas como un loro. Pero eso es lo que yo soy. Cuando aquella mujer me adoptó me enseñó a hablar en su idioma. Aunque eso de que me enseñó a hablar era un decir. De tanto parloteo llegué a entender todo lo que ella me explicaba, pero yo sólo repetía en voz alta lo que ella quería escuchar, tarareaba canciones y saludaba a todo el que pasaba por allí. Así, ella se convenció de que me había domesticado.

Ella me leía libros, de todo tipo, desde recetas de cocina, hasta cuentos y novelas de viajes extraordinarios. Estas últimas eran las que más me apasionaban, y me imaginaba sobrevolando, literalmente, aquellos parajes de ensueño, y conociendo aves de todo el planeta. Tanto me inquietaban esas aventuras, que un día, sin más preámbulos, emprendí el vuelo para nunca volver. O al menos esas eran mis intenciones.

Migré desde Inglaterra hasta el Japón, pasando por China, India, Tanzania y América del Sur. Es decir, di la vuelta al mundo enterita. Hice más escalas, claro está, pero en estos sitios es donde entablé más amistades y tuve estancias más largas.

Aprendí un poco de cada idioma. Aclaro que para un loro como yo, saber decir una palabra ya es un poco.

Fue en Argentina donde me quedé un tiempo considerable, y no me lo van a creer, pero aprendí español latinoamericano y hasta el acento se me pegó. ¡Cómo no!

A veces en algún país me preguntaban de dónde era, y yo decía que ni de aquí, ni de allá, pero como me salía hablar en inglés, era más fácil deducir mi procedencia. Fue hasta que comencé a hablar en argentino cuando dejaron de preguntarme de dónde era.

Como esto de las relaciones públicas, se me daba muy, pero que muy bien, era de esperarse que tuviera muchos amoríos durante mis viajes. Y también, descendencia. Así que el día que leí en un periódico de Barcelona lo de los loros argentinos que estaban colonizando la ciudad, quise pensar que alguna de mis crías había tenido algo que ver en ello, perpetuando así, el apellido de la familia.

Cierto día, en mis andanzas por el Gran Buenos Aires, una mujer regordeta, sin más, me llevó a su casa y me mantuvo en cautiverio durante un par de semanas porque, decía ella, le dio pena verme tan solo. El veterinario de aves que me atendió para certificar mi estupenda salud, fue quien le aclaró que yo tenía un chip de identificación. Yo más que nadie me sorprendí con la noticia, pero lo que más me sorprendió es que se hayan tomado la molestia de devolverme al sitio de donde había huido hace cinco años con la promesa de no volver.

Y aquí me tienen, de vuelta con mi anterior celadora. Ha envejecido, pero aún sigue leyéndome historias maravillosas con mucho entusiasmo. Es casi lo único que le agradezco. Ya le contó a todo el vecindario la noticia de que no estaba muerto, sino que andaba de parranda, en Argentina, algo que intuye porque no dejo de repetir «ché boluda» o «pará el quilombo» y ella se parte de risa. Estoy seguro que no sabe lo que significa.