La ciudad que no duerme

Hace 8 años que dejé de vivir en Barcelona. A menudo siento nostalgia por aquella ciudad que aparentemente, nunca duerme. Y digo aparentemente, porque recuerdo aquellos días, en que tenía que madrugar (en ese entonces, despertar a las 7 de la mañana, incluso antes, para mi era madrugar) para hacerme alguna analítica de sangre en el médico. Aquí, donde resido ahora, ni por equivocación funcionan los ambulatorios antes de las 8 de la mañana. Pues como decía, aquellos días, después de madrugar y haber sido sometida a una extracción involuntaria de mi vital líquido sanguíneo, lleno de nutrientes, era necesario un chute de energía procedente de un café calentito y un cruasán (o algo parecido). Allí es cuando descubría que Barcelona, sí que dormía, en ese intervalo de tiempo en el que gente como yo recorría con avidez las calles vacías en búsqueda de mi añorado café. No era hasta las 10 de la mañana, cuando los bares que tenían vista al mar, abrían sus puertas. Yo solía recorrer la Barceloneta o el Raval, porque los amaneceres cerca del mar son mágicos, quién me lo puede desmentir. Ayer un amigo me hizo recordar lo bella que puede ser esta ciudad, aunque la mayoría de las veces parezca asfixiante, siempre hay un rincón, donde las almas solitarias como la mía, pueden disfrutar sin agobios.