ALMA MATER

crear-poder-estudiantil1No era necesaria la ausencia de los grandes maestros del periodismo -por citar algunos: Scherer, Leñero, recientemente fallecidos- para rescatar la siguiente reflexión. En algún momento de la carrera de Periodismo, mis congéneres y yo fuimos presas de sesudas cavilaciones respecto a lo que la teoría no había llegado a ofrecer al estilo de vida del periodista. No estábamos allí entre esas cuatro paredes udemianas para asimilar teorías de comunicación o para reproducir los modelos de redacción de los más reputados manuales de periodismo implementados por los medios de comunicación, dirigidos por las élites financieras que mueven al mundo. Y en general, no habíamos llegado al recinto universitario para aislarnos en su mundo, sino para interpretar el nuestro.

El Alma Máter nos repetían en varias ocasiones. ¿Qué significaba aquella frase llena de romanticismo? Dicen los diccionarios que el latinismo hace alusión a la Universidad como proovedora del “alimento intelectual”. Entendida como un espacio para pensar y crear, la Universidad suministra los nutrientes intelectuales necesarios para resolver problemas esenciales de la vida cotidiana y para utilizar la inteligencia a través de la creatividad. Ésto en el mundo feliz de las ideas. Aquí yace la crítica de Roger Waters que quedará para la posteridad: “We don’t need no thought control”.

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Lo más preoucupante se presenta, cuando se habla de universitarios como otro sector en riesgo de exclusión social, principalmente porque esta gran proveedora de nutrientes intelectuales ha mantenido una peculiar relación con el sistema económico que exige que el Alma Máter se convierta en una fábrica de “mano de obra barata”, aunque eso sí, de marca.

La sobreespecialización del conocimiento dentro del sistema educativo universitario reciente debilita y diluye conocimientos troncales que antes eran de dominio elemental. Aquello que se denominaba “cultura general” parece un lujo de los intelectuales. La hiperespecialización conduce a la falta de cooperación interdisciplinar, ofrece una mirada parcial de la realidad, y fragiliza la responsabilidad pues el universitario se ocupa solo de las consecuencias de aquella mínima porción de lo que domina.

La sistemática transmisión de conocimientos técnicos y pragmáticos, “profesionaliza” a un conjunto de alumnos obsesionados por un salvoconducto que les permita abrirse camino en el complicado mercado laboral.

De aquí que el acceso a un puesto de trabajo después de terminar la universidad esté condicionado evidentemente al tipo de profesión elegida, y a la “utilidad” que dicho conocimiento tenga dentro de las exigencias del mercado, no así por la capacidad de interpretar la realidad y generar respuestas de transformación desde ella.

En muchas ocasiones, esta imposibilidad de colocación en el área deseada, orilla a los profesionistas -como a muchas otras personas- a emplearse en trabajos precarios que tienen poco o nada qué ver con sus estudios universitarios. De esta manera muchos de ellos pierden la posibilidad de adquirir la experiencia requerida para ser contratados y así se genera un círculo vicioso.

Ésta es la realidad que desde algunos años aqueja al ámbito universitario, acentuada desde el inicio de la crisis y, en el caso del Estado español, con la llegada del ministro Wert. Ni qué decir del resto de los países.

Los datos europeos colocan a España a la cabeza de la UE en cuanto al riesgo de pobreza que sufren sus universitarios. Según datos de Eurostat, en 2013 España era el país de la UE con un mayor porcentaje de personas mayores de edad con estudios universitarios en riesgo de pobreza. Uno de cada diez licenciados españoles sufren la amenaza de exclusión social, un porcentaje que supera ampliamente la media del 7,3% en el conjunto de la UE1.

La universidad fue -y ahora en menor medida- un espacio de lucha y reivindicaciones sociales, además de ser un ámbito de construcción de conocimiento y un núcleo de empoderamiento.

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Hay quienes piensan que nacemos libres y que se puede disfrutar de esa libertad sin responsabilidad, pero debemos aprender a ser libres y la educación es el medio preciso para ello2

Es imperioso recuperar el sentido de la universidad como un espacio que reconozca la complejidad del mundo. La universidad como constructora de conocimiento, como un espacio para pensar y crear, un ágora de reflexión y acción política donde se asuma esa tarea de interpretar la realidad, tarea que debe ser compartida con la sociedad.

 

2Diario Público online (17/07/2013). URL: http://www.publico.es/actualidad/459042/espana-tiene-el-porcentaje-mas-alto-de-universitarios-en-riesgo-de-pobreza-de-la-union-europea. Consultado el 28/03/2014.

2BARBER, Benjamín, citado por Isabel Lucena Cid, et al. El reto de la educación superior desde la filosofía jurídica. Documento online: http://reposital.cuaed.unam.mx:8080/jspui/bitstream/123456789/2120/1/1.1.29.doc

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