NO TERMINO DE ACOSTUMBRARME

Mientras caminaba de regreso a mi piso me sorprendió la lluvia. No me preocupaba demasiado empaparme pero sí, al resto de los transeuntes que aceleraban el paso o corrían hacia cualquier parte. “¡Se va a mojar mi móvil!”, gritó una que huía despavorida. Me hizo reír. Estuve a punto de coger el autobús pero la parada estaba repleta de gente que se guarecía de la lluvia. Tampoco apartaron la vista de sus respectivos móviles para responder a mi saludo, así que preferí continuar andando. Reconozco que hay cosas a las que no termino de acostumbrarme como este apego obsesivo al móvil y el sentido de comunidad ficticio que genera. En el pueblo, por ejemplo, la gente se regocija al verte, aunque no te conozca. Las abuelas y los abuelos te llaman para que te sientes a su lado un momento antes del ocaso, pues siempre tienen algo interesante que contar. Los niños salen a tu encuentro con la pelota delante, y cuando entras en casa, es grato ver casi siempre a la familia reunida haciendo bromas sobre cualquier cosa o comentando las noticias de la televisión.

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Locutorio Barcelona

Echaba de menos ese contacto fraternal, el encuentro cara a cara, las risas y los cantos sin otra justificación que la de estar vivos. Por eso entré al primer locutorio que vi y llamé a mi familia. Me aguardaba por lo menos una hora de charla amena, risas y muchos saludos aunque fuese también por un auricular.

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