¿ALGUIEN HA VISTO A GREGORIO? II

PARTE 2 DE 3

Gregorio había respondido dócilmente a mis ocurrencias, sin embargo, todavía quedaban varios detalles qué solucionar. Contuve la grima hasta donde pude, aunque creo que no llegué a observarle más de un minuto antes de que el instinto de conservación me obligara a desviar mi mirada hacia otra parte. En ese instante deduje que si algo podía intimidar a la gente que se encarara con Gregorio serían sus mandíbulas porque provocaban repulsión y hasta temor.

Metamorfosis-1

Ilustración: Juan Pérez Gaudio

Me vino a la mente un pasamontañas o un casco de fútbol americano, pero también descarté la idea por miedo a causarle algún daño o a que reaccionara violentamente. Una no puede atenerse al humor de un escarabajo gigante en esta situación tan vulnerable.

De cualquier manera, los insectos emplean continuamente sus mandíbulas, y colocarle algún artilugio le impediría sujetar cosas o hasta comer. Quedaría entonces como tarea pendiente, al igual que lo de encogerlo. Mientras tanto, lo invité a mirarse en el espejo del recibidor. Ahora era un escarabajo verde, excéntrico y a mi parecer, hasta místico.

Intuía que Gregorio leía en mi rostro esa repulsa. Yo me hacía la disimulada, pero admito que mis expresiones me superan muchas veces. Le pedí que fuera comprensivo, pues no era frecuente que acudieran escarabajos gigantes con aspecto de cucaracha a mi casa.

Desconozco el motivo, pero Gregorio emanaba un olor a ratos tan penetrante que se volvía nauseabundo. Probablemente eran las feromonas escarabajiles, solo que multiplicadas exponencialmente. O tal vez tenía que ver con el tiempo que estuvo encerrado en su habitación antes de que su hermana pudiera percatarse de su circunstancia. Lo cierto es que le sugerí amablemente que tomara un baño, considerando que el aerosol era indeleble. Él se relajaría un poco, en tanto a mí me permitiría pensar en los pasos a seguir.

Dicen que los insectos son los seres vivos más resistentes de la naturaleza, pero con todo y su tremendo poder de supervivencia, Gregorio tendría que comer en algún momento. Había pasado más de medio día desde su arribo, y disimulaba muy bien su apetito, pero yo no podía disimular. Así que el siguiente paso era preparar algo para comer. Armé un par de sánduiches con pavo y huevo duro para empezar.

Hablé por teléfono a mi esposo para que llevara a los niños con los abuelos después de la escuela, y le pedí que me llamara antes de volver a casa para que no se sorprendieran con la visita imprevista. Evidentemente desperté su curiosidad, es sólo que no me atreví a revelarle en ese momento que teníamos un escarabajo gigante como huésped.

Esperé unos minutos a que Gregorio terminara de engullir el sánduich aunque supuse que se había quedado con hambre. Hice otro par de emparedados, ésta vez con espinacas y pavo. Los devoró al instante. No supe si le gustaba comer eso o era que llevaba mucho tiempo sin comer.

Le propuse a Gregorio establecer un acuerdo para entendernos mejor, pues me costaba mucho descifrar sus palabras. Sé que parece bastante absurdo, pero llegado el momento, Gregorio dejaría de pensar como humano y tendría que ser de nuevo autosuficiente. Intuía que iba a ser un trabajo complicado.

Busqué en internet información relacionada con los escarabajos y descubrí que lo del olor era un código, lo mismo que los sonidos que emiten para contrarrestar su reducida capacidad visual. También averigué que se alimentan de plantas, hongos, restos de animales y heces. Sólo esperaba que no sufriera alguna alteración intestinal por hacerle romper su dieta ese día. En cuanto a la comunicación, para que Gregorio no se esforzara demasiado en articular palabras ininteligibles, acordamos en última instancia dos chasquidos para el “no”, y uno para el “sí”.

Mi esposo por fin llamó. Organicé los muebles de la sala de tal manera que Gregorio permaneciera detrás del sofá cuando entraran los niños, eso minimizaría la impresión del encuentro. Cuando abrí la puerta les expliqué rápidamente que un antiguo compañero de trabajo había sufrido un extraño accidente que le cambió radicalmente su apariencia. Les pedí además mucha comprensión pero sobre todo repeto. Mi esposo me miraba muy extrañado y avanzó hasta el salón. Yo esperé en el pasillo con los niños y les dije que mi amigo, aunque parecía un insecto, era muy amable con los niños.

¡¿Un insecto?! Al unísono, mi esposo desde la sala y los niños exclamaron con incredulidad. Al escuchar el grito de su padre, los niños corrieron a su encuentro y quedaron perplejos. El mayor se cubrió los ojos para no verle, pero el pequeño observaba a Gregorio boquiabierto.

Le expliqué a mi esposo lo que había podido descifrar de la tragedia de Gregorio, le conté quién era y cómo nos habíamos conocido. Hablé tan rápido y sin pausas que no sé si me habrá entendido. Mientras tanto, él miraba con asombro a nuestro huésped y yo seguía hablándole de las feromonas malolientes, los chasquidos y los obstáculos en la comunicación. Interrumpió mi relato sólo para decirme que no me preocupara, que Gregorio necesitaba nuestro apoyo más que nunca y que si había tenido el valor de llegar hasta nuestra casa, lo menos que podíamos hacer era corresponder a su confianza. Reconozco que me sentí más aliviada. Eso sí, pedí a los niños mucha discreción pues en la escuela no debían saber por ningún motivo que en casa alojábamos un escarabajo de dimensiones extraordinarias.

https://ahuanda.wordpress.com/2016/09/03/alguien-ha-visto-a-gregorio/

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