AHUYENTADOR DE AMANTES*

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Cuando le vio entrar en el bar, apuró la copa de vino que tenía delante y se dirigió al baño. No hubo tiempo suficiente para que ella se diera cuenta de que alguien la observaba. La mujer tomó asiento e hizo un gesto al camarero. Su acompañante no tardaría en llegar.

Tras los recientes acontecimientos en que una mujer despechada había ordenado colocar varios carteles en la vía pública evidenciando la imagen de la amante de su marido, ella intentaba tomar siempre las más extremas precauciones. ¿Por qué los celos y las infidelidades exacerbaban el odio más profundo de la mujer traicionada hacia su homóloga, pero no hacia el autor de la traición, que es el propio varón, como en el aludido caso?

Aunque esta cuestión le rondaba el pensamiento, su situación era distinta, pues era consciente del agravio que significaría para su marido si le pidiera el divorcio, ya que él mismo se lo planteó más de una ocasión: “si te enamoras de alguien más lo entenderé, sólo te pido que seas prudente, pero no me abandones”, le suplicaba.

El marido por su parte, aunque hacía meses que sospechaba de su esposa, no supo bien cómo enfrentar la situación. Cada vez estaba más ansioso si ella se acercaba para hablarle de su más reciente publicación o de los resultados de alguna reunión, él se mostraba indiferente. Su intuición le insinuaba que la actitud en su esposo era una señal, aún así prefirió dejar que las cosas siguieran su curso.

Los dos amantes estuvieron de acuerdo en que era prácticamente imposible que algún conocido pudiera encontrarles allí, pues no era un sitio que frecuentaran ninguno de los dos, además de que estaba fuera del perímetro de sus lugares favoritos.

De reciente apertura, el establecimiento en cuestión había cobrado fama por la selecta variedad de vinos que ofrecían pero muy especialmente, por el ambiente acogedor, una atención muy cordial y una genuina concurrencia. Además, desde hacía un par de años aquel barrio estaba de moda, y los pequeños empresarios se las habían ingeniado para satisfacer todos los caprichos que demandaba la noche.

La mujer creyó reconocer en la música de fondo, la voz de Norah Jones, y mientras aguardaba, optó por beber un buen vino tinto, como a ella le gustaba. No podía negar que el sexo y el vino eran los dos máximos placeres de la vida. Quien opinara lo contrario no sabía lo que se perdía. Sonrió sólo de imaginarlo.

El camarero le entregó la carta de vinos para que eligiera el de su preferencia, y su sorpresa fue grata cuando descubrió que allí vendían uno de los mejores vinos de la región, aquel con el que ella y su esposo habían sellado su compromiso y que no suele encontrarse en los bares, pues son contados los establecimientos que lo ofrecen. Ordenó una copa de aquel caldo, y el camarero la observó intrigado.

-¡Qué vino más caro! Se ve que tiene buen gusto.

Le miró un poco desencantada por el comentario, pues ella era de las personas que no creía que el precio definiera un buen vino. Aún así hizo caso omiso y sonrió amablemente.

-Me gusta probar de todo, es lo que pasa.

El joven se sintió intimidado.

-Perdón si la he ofendido, ¿desea algo más, la dama?

-No hay por qué disculparse. Sólo quiero eso de momento, muchas gracias.

El hombre que la observaba seguía afuera del baño. Desde allí era imposible que ella se percatara de su presencia pues estaba a sus espaldas. En el momento en que el amante se sentó delante suyo, el hombre que la espiaba se dirigió a la mesa junto a la pareja llevando una botella del mismo vino que ella bebía. Inició una conversación llena de halagos para la mujer e incluso le hablaba con cierta complicidad, haciendo notar que ya se conocían, aunque en realidad, jamás en su vida lo había visto.

Antes que incomodarse, la mujer se mantuvo ecuánime e incluso aceptó de su nuevo interlocutor otra copa más. Le intrigaba aquel personaje, especialmente porque estaba bebiendo el mismo vino que ella. Le intrigaba aún más por su oportuna presencia cuando más preocupada estaba por evitar ser descubierta. El amante completamente fuera de sí después de esta escena, se puso de pie y se marchó.

El hombre tomó la palabra ignorando lo que acababa de ocurrir y dijo:

-Este vino me lo recomendó un amigo que tenemos en común.

Ella no se sobresaltó, aunque sentía el corazón a punto de salirse de su pecho.

-¿Y quién es esa persona?

-Usted mejor que nadie sabe la historia de este vino. Dígame una cosa, su amigo…¿volverán a verse?

-Eso es algo que no le incumbe.

-Tiene usted razón, quizás debería cambiar la pregunta. ¿Volveremos a vernos?

-No estoy segura. Soy una mujer casada y usted lo sabe.

La última frase lo hizo sonreír, a pesar de sentirse descubierto. La miró fijamente y se despidió formalmente y sin aspavientos. Desde que trabajaba como “ahuyentador de amantes”, eran predecibles este tipo de escenas, en algunas ocasiones más en otras menos.

El contrato prohibía, bajo cualquier circunstancia, intimar con la persona que estaba siendo infiel. Su trabajo era sólo ahuyentar a los amantes y cerciorarse de que no volvieran a asechar a su presa, aunque para ello fuese necesario el flirteo, con las limitantes ya estipuladas.

*Este cuento está inspirado en la figura real de los “ahuyentadores de amantes”, creada nada más y nada menos que en China. Pueden leer la noticia aquí. Recuerden que Cualquier parecido con la coincidencia, es pura realidad.