SOBREMURIENDO (Preámbulo)

sequia

I

Había pasado tantos días con la muerte enfrente que no la dejaba pensar. Tampoco podía esquivarla o encararla con toda la rabia contenida. Eran de esas cosas que parecían no tener remedio. Mientras se llevaba un trozo de tortilla a la boca que le supo a ceniza, recorría con la mirada el campo infértil por tercera temporada consecutiva. -¡Quién nos envenenó la tierra, carajo!- se quejaba Sabina con su voz aguardientosa. Pero no había nadie que escuchara su reclamo. En el pueblo decían que financiar la tierra árida era como escupir al cielo, para qué protestar si había otras cosas en qué invertir para el progreso, como la carretera que atravesaría el pueblo, el aserradero, las instalaciones para el centro deportivo y a saber qué más. Varios campesinos de la comunidad habían decidido ofertar sus tierras a las constructoras que llevaban meses asediándolos, pues el desánimo pudo más que la solidaridad y el arraigo.

-¡Quién nos envenenó la tierra!- Lo decía cada mañana al observar cómo se iba agotando el último saco de maíz que quedaba de la última cosecha. Intentaría cambiar por lo menos tres, de los ocho kilos restantes para comer algo más que tortillas, pues sus fuerzas debilitadas eran la señal de que su mala alimentación le estaba pasando factura. Dio dos sorbos a su café de olla “edulcorado” con un chorrito de mezcal, confiada en aquella prescripción ancestral de que el mezcal cura todo mal y encendió las velas a medio consumir de su pequeña ofrenda compuesta por tres mazorcas de maíz de colores, unos granos de café y las últimas semillas de cacao que no llegó a cultivar. Allí mismo se elevaba una pequeña pintura que representaba un árbol y sus extensas raíces inundando la tierra.

II

A unos kilómetros de distancia, estaba el jacal donde vivía Tita Francisca, cerro adentro. A lo largo de la cuesta que conducía a la vivienda se podían encontrar el huerto familiar, un corral diminuto donde criaba a dos puercos, cuatro gallinas y un becerro. Estaban también el granero y el almacén de aguamiel para hacer el pulque. Sus nietas subían dos veces a la semana para llevar al pueblo el producto del huerto, huevos y las garrafas de pulque. Además, las nietas de Tita Francisca empacaban en casa bolsitas de cacahuates y habas enchiladas, palomitas y demás frituras botaneras que vendían por las tardes desde casa a los chiquillos que salían de la escuela. Hasta entonces eso había sido suficiente para el sostén de la economía familiar durante tres generaciones. Pero cuando volvieron las mineras, los problemas se convirtieron en el pan nuestro de cada día. Nadie sabe exactamente en qué consistió el pacto que trajo de nuevo a esas monstruosas empresas a la región, aunque mucha gente estaba más que convencida de que sería para mejor pues “habría más empleos” y todas esas cosas que se dicen cuando se intenta justificar una invasión. Ahora las nietas de Tita Francisca se planteaban seriamente emigrar a la capital con sus crías, como habían hecho la mitad de los habitantes del pueblo al ver mermada la producción de la tierra que era su fuente de sustento. En muy poco tiempo, las mineras habían contaminado los mantos acuíferos, habían desertificado las tierras, arrasado el monte, destruido la economía tradicional.

III

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Aquella población había tenido una tregua tras aquella incursión de la policía que dejó un saldo de dos personas muertas, y varias mujeres lesionadas y detenidas. Pero María, Jacinto, y demás oriundos del pueblo no bajaban la guardia. Aparentemente estaban bien organizados y tras aquel duro ataque ordenado por el gobierno nacional y local, sabían que habían ganado una batalla, pero temían lo peor. Aunque con pocos pesos María y Jacinto podían comprar un poco de carne una vez a la semana y sobre todo pagar sus medicinas, la angustia se iba sumando a los males de su edad. Si bien es cierto que sus hijos les enviaban algo de dinero, era mejor mantener esos ahorros como reserva por si las cosas empeoraban. Les habían advertido que los del gobierno iban a entrar en cualquier momento, pues el megaproyecto era inaplazable. Por más organizados que estuvieran, había una mayoría de vecinos del pueblo que eran mayores y estaban enfermos, por ello si no pensaban en otra estrategia de resistencia, estaban perdidos. Lo de negociar tampoco era una opción, porque tenían todas las de perder. “Esa gente no negocia” repetía María en las asambleas, cada vez más desesperanzada. Sólo les quedaba hacer ruido, mucho ruido, aliarse y aguantar, pues al que aguanta siempre le llega la sombra.

SOBREMURIENDO (2ª PARTE)

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